Samanta Schweblin: "Uno escribe sobre su propio mundo"
10 de abril de 2026
Samanta Schweblin (Buenos Aires, 1978) ha sido galardonada en la primera edición de los premios Aena de Narrativa Hispanoamericana, dotado con un millón de euros. El premio se entregaba a una obra publicada en 2025 y, entre los finalistas, estaban la escritora chilena Nona Fernández, así como los autores Enrique Vila-Matas, Héctor Abad Faciolince y Marco Giralt Torrente.
El jurado estuvo integrado por los escritores Rosa Montero, Pilar Adón, Luis Alberto de Cuenca y José Carlos Llop; los argentinos Jorge Fernández Díaz y Leila Guerriero, y el mexicano Élmer Mendoza.
Resultó premiado el libro de cuentos de Schweblin El buen mal, editado por Seix Barral, cuyos personajes parecen estar atravesados por una gran vulnerabilidad en momentos de cambio y transformación. En la lectura del fallo, Rosa Montero destacó la capacidad de la autora de "plasmar nuevos mundos" y transitar "la frontera entre lo posible y lo imposible" con una escritura "de belleza inquietante".
Guiño a los cuentos
Samanta Schweblin ganó el Booker Internacional en 2017 y el premio francés Juan Rulfo de cuento en 2012. En 2014 publicó su primera novela, Distancia de rescate, y en 2018, volvió a la escritura de largo aliento con Kentukis, pero el galardón se le ha otorgado por un volumen de cuentos, lo que supone un guiño a este género.
Afincada en Alemania desde 2012, Schweblin ha reconocido ante los periodistas que los responsables del premio tardaron más de un día en dar con ella para comunicarle que era finalista porque "nunca" coge el teléfono de casa, dado que su alemán "aún no es tan bueno". En 2015, atendió a DW Spanish en Colonia. Estas fueron algunas de las cosas que nos dijo:
Deutsche Welle: Sus libros exploran lo siniestro, en alemán "unheimlich", es decir, lo que no es familiar, lo ominoso de las relaciones familiares. ¿Qué la lleva a elegir esos temas, y qué quiere provocar en el lector?
Samanta Schweblin: No sé si los elijo. Esos son los temas en los que yo me muevo. Siento que uno escribe siempre sobre su propio mundo. Y tal vez eso sea extraño para los demás. Y sí me interesa mucho todo lo extraño que hay en lo cotidiano.
Las cosas que pertenecen a nuestro universo aunque no pertenezcan al mundo con el que lidiamos todos los días. Ese es el espacio que me gusta, el espacio de lo extraño, de lo que se conoce poco, y a veces no es un espacio que busco afuera, sino adentro mío.
Otro de sus temas es la muerte, pero antes, como en el cuento La respiración cavernaria, del libro Siete casas vacías, la pérdida de las capacidades mentales. ¿Qué piensa sobre el tratamiento que se le da a la muerte en nuestra sociedad, especialmente en el marco del debate sobre la muerte digna?
Tengo tías abuelas en mi familia, y bisabuelas que han muerto con Alzheimer, y es una muerte que yo he visto y es espantosa. Todo tipo de muerte implica ir perdiendo poco a poco el cuerpo, pero el Alzheimer es perder la memoria, que es como ir perdiendo de a poco la conciencia de quién es uno. Eso es morir, en realidad. Son muertos vivos, muertos que siguen circulando y siguen intentando circular sin tener una conciencia propia de lo que está pasando.
Siempre me llamó la atención, también esto que estamos creando como sociedad. Vivimos 20 años más de lo que vivíamos antes, pero en realidad no estamos viviendo esos años, sino que nos está tomando 20 años más morirnos. Este tema me parece tan terrible que me interesó investigarlo.
En el cuento Un hombre sin suerte, que ganó el Premio Juan Rulfo, trata un tema delicado de manera muy sutil: el de un hombre que seduce a una niña, y que a la vez es seducido por ella. ¿Cuál es su visión de ese tema?
Creo que hay mucha trampa, mucha seducción del lector en ese cuento. Es un cuento muy perverso, pero la perversión no está en el texto sino en la cabeza del lector. Si el lector no es perverso, el cuento no funciona.
Quería que el texto fuera limpio, puro, pero que fueran los propios prejuicios del lector los que estén poniendo freno todo el tiempo y despertando así el miedo.
¿Cómo es su vida en Berlín? ¿En qué cambió su literatura desde que está en Alemania?
(...) Para mí Berlín funciona como una suerte de estudio, un lugar silencioso, alejado de la familia, de los amigos, donde uno se puede concentrar, pero también es un lugar donde es difícil reconectar con el material con el que uno escribe.
Es un espacio ideal, pero con fecha de caducidad, no siento que pueda vivir en Berlín el resto de mi vida. De algún modo, Berlín me ha acercado a Latinoamérica. Argentina está muy lejos de todo, y en Berlín vivo rodeada de una comunidad con mexicanos, colombianos, chilenos. Y quizás es la distancia que me permite mirar con más claridad lo que tenés en frente. Eso hace que cambie la mirada.
(ms/chp)